Ser, sentir y hacer

Llegada a cierta edad, o más bien “estado mental”, muchas personas pueden formularse una pregunta que causa más conflictos que resoluciones; ¿Quién soy? Puede que incluso muchos identifiquemos ciertos clichés tan manoseados por el mundo del cine, que pueden aparecer en esta etapa: El hombre en plena crisis identitaria se escapa de su hermosa y tranquila familia para vivir la vida de descontrol y encontrarse con su “real” YO, o la esposa abnegada que decide que ha tenido suficiente y declara la guerra a su inútil y dependiente esposo.

Claro, esto es en el cine. En la vida real, sabemos, que las cosas son generalmente mucho más complicadas. Podemos encontrarnos con la sensación de estar insatisfechos con nuestros logros, o frustrados por no haber tenido las oportunidades para demostrar quienes somos realmente. Y pareciera, sin importar lo que hagamos, que todo nos lleva a querer descubrir nuestro YO real.

Pero ¿Existe tal cosa? En lo personal, y en mi experiencia como terapeuta, tiendo a creer que no es que exista un Yo irreal apoderándose de nuestra cotidianidad y otro Yo real encerrado tras los ojos, sino que llega un momento en la vida de la mayoría de las personas, dónde la identidad sufre una crisis. Esta crisis puede surgir por muchísimos motivos, pero podemos abarcarlos en una pequeña generalidad; la disyuntiva entre decir y sentir. Para no quedarnos en lo abstracto les propongo un ejemplo. Es un simple ejercicio, el cual podrá hacerlos sentir un poco incomodos, o en el mejor de los casos, mostrarles otra visión. Para aquellos que no tienen absoluta sensación de disyuntiva de sí mismos, probablemente no les sirva de nada.

Vamos; quiero que identifiquen un rasgo o característica de alguien cercano a ustedes, por ejemplo una mejor amiga o pareja. Puede ser cualquier cosa; simpático, distante, enérgica, poco sociable, etc.

Ahora quiero que piensen en ejemplos de cuando esas personas han sido de aquella manera. Probablemente sea fácil encontrar muchos. El truco es este; quiero que piensen en todos los momentos en que esa persona no ha sido así, por ejemplo; si tenemos una pareja fría y/o distante, me gustaría que hicieran un esfuerzo por recordar aquellos momentos en los cuales no ha sido ni distante ni frío. ¿Cuesta? Sí, probablemente. Pero después de un rato tengo esperanza de que encontraran uno o dos ejemplos como mínimo.

El problema es, que al hacer eso con nosotros mismos, puede ser muy difícil y sobre todo: amenazante. Vivimos en categorías constantemente, nos definimos en la comunicación e interacción con otros y con nosotros mismos; “Mira yo soy este”. Pero qué pasa cuando ese YO, ya no nos completa, no nos hace tanto sentido, o al menos, nos causa conflicto.

Es lamentable, pero no existe una respuesta única, no existe truco ni receta de cocina, y por muy autoconscientes y constructivos que intentemos ser, muchas veces no nos basta. Por eso cuando esta sensación de que aquello que decimos ya no coincide con lo que sentimos, o lo que hacemos, tal vez estamos en crisis. Ir a un terapeuta adecuado sería ideal, pero por supuesto, no ha de ser la única respuesta.

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